Por: Laura Pérez

Te amé tanto que acepté las espinas para tocar la rosa, que aprendí a nadar en tu mar bravo y terco, guardé silencio en tu luto y grité en tu felicidad. Amé todo de ti, tus mentiras y verdades. Decidí ignorar como prendías los focos de nuestra casa, aprendí a dormir con la luz encendida. Me enamoré de todo lo que no me gustaba de ti, me reí de todo lo que me pudiese lastimar.

Estuve para ti cuando había trabajo, y cuando no. Cuando conocíamos la ciudad, probando un poco de todo, y cuando no teníamos para el pasaje de regreso a casa. Viajamos horas y horas, siendo turistas en nuestras calles diarias, probando por primera vez la comida favorita de siempre, viendo con ojos de maravilla lo más común.

Me agrada el recordar nuestros momentos felices, porque te amé con miedos y certeza. Me fundí en ti como si no pudiese existir algo más bello en el universo, como si fueses lo único que mis ojos pudiesen ver, que mis oídos fueran a escuchar, mis manos tocar, mi boca probar, mi alma amar. Y, aun así, decidiste matar a quien aprendió a vivir en tus espinas.

Me rompiste de distintas maneras y yo a ti. Pero cómo podemos decir amar a alguien y querer desearle lo mejor, si cuando se piensa en esa persona solo logras entender enojo y no apreciar sus espinas con tanto amor como esa persona lo hace, cuando decides conscientemente aventarle al vacío para después pedir perdón, porque cuando pudiste evitarlo ignoraste la posibilidad.

No soy santa, no estoy cerca de serlo. Entendí que hacia ti y para ti, he sido un alma desalmada, un monstruo sin sentimientos, alguien egoísta y que no vale nada, pero cariño, jamás te hubiese hecho lo que tú me hiciste. Hice daño, pero nunca te hubiese cortado la mano, nunca te hubiese dejado caer al vacío, pero yo no soy tú. Yo cuidaba tus sentimientos tanto, que me olvidaba de mí, te cubría con lo mejor que pudiese tener.

Si este es nuestro final, te agradezco y me coloco sincera contigo. No sé en qué momento terminamos de rompernos, en qué momento tus espinas empezaron a dañarme más, cuándo fue que dejé de nadar en tu mar. Permitiste que más rosas y sirenas conocieran de ti, las invitabas gustoso con la esperanza de que quien habitaba ahí, no lo notara.

Ya habías quitado pétalos de mí al permitir a otra flor, y ahora entiendo que quizá siempre hubo la necesidad de tocar sus pétalos, que lo que sentía en el estómago no estaba mal, que mis lágrimas por meses no estaban erróneas, cuando me temblaban las manos era porque era cierto. Cuando te enfrenté, espero hayas notado el dolor que tenía, porque en serio intenté contenerme, pude haberte mostrado cómo en serio me rompiste. Dudo volver a florecer de la misma forma. Arrancaste raíces y las tiraste como si nada hubiese valido la pena.

Al menos, te puedo agradecer que esto, me hizo entender que el amor libera y engendra sin control. Porque, a pesar de todo, creo que el tener corazón roto permite explotar lo que podemos ser. Sé que hice mal, pero nunca te hubiese lastimado conscientemente. Me dolió, que los roces con tus espinas no fueron accidentales, sino que tú decidiste encerrarme en la enredadera, y apretarla para clavarme las espinas.

Te amé tanto que quise hacerme a la idea de que eras tú. Quiero creer, que ahora soy yo, porque necesito curarme de ti. Espero entiendas que el lastimar a propósito a quien estuvo contigo en las buenas y en las malas, es algo grave. ¿Por qué si tú rosa amaba tus espinas, por qué lastimarla para que ya no florezca?

Foto de portada: Irina Iriser