Por: Damaris Ruiz y Camila González

En un intento de huir de la virtualización de la realidad, un grupo de personas se aísla para formar una sociedad que rige sus creencias en la cosmogonía y la filosofía antigua. Con el paso del tiempo, el escenario utópico de la extinción de la humanidad orilla a que la sociedad denominada “venado azul” termine siendo desconectada y damnificada, habitada por seres despojados de su identidad.

Niños chocasangre

Niños chocasangre” es una propuesta que logra envolver a la audiencia en su universo diegético altamente pensado y construido. Desde la creación de su propia lengua, hasta el uso de color y composición visual, esta obra es un acierto total en lo que concierne a lo conceptual y sensorial. De la misma manera, maneja y explora ampliamente los simbolismos seleccionados a modo de representación de sus ideales, la mitología invertida, el horizonte vertical y, por supuesto, la dualidad.

Sensorial y estéticamente la puesta tiene mucha coherencia. Es una historia que se va construyendo a partir de ciertos estímulos visuales y sonoros cual rompecabezas dionisiaco.

La composición coreográfica demuestra una profundidad escénica que solo se logra a partir de la corporalidad tan bien estudiada tanto por les bailarines, como por el coreógrafo y director Raúl Tamez.

Siendo una pieza meramente de danza contemporánea, el trabajo de piso o floorwork es esencial para el hilo narrativo, elemento que el cuerpo de baile maneja de una forma muy interesante y, sobre todo, muy entendida. En general, la parte técnica está bien ejecutada y se reflejan buenas bases. Sin embargo, tiene posibilidades de mejora en extensiones, líneas, trabajo de pies y brazos.

La danza es el verdadero narrador de la historia, por encima de las interpretaciones teatrales, pues es lo que sucede todo el tiempo y en todas partes que, de hecho, es otro aspecto que vale la pena subrayar, ya que es lo que abraza a la audiencia a través de su astuto uso del espacio escénico, incluyendo las butacas.

Les bailarines cargan con una responsabilidad muy importante en lo que se refiere a la conservación y reverberación de la energía; gran área de oportunidad, pues dada la duración de la función, la energía tiene una recesión palpable a partir del segundo acto.

En lo teatral, resalta la modulación vocal de los actores y las actrices quienes durante todo el espectáculo muestran poder e intención; aspectos que aportan a la construcción de este escenario distópico previamente mencionado con elementos tan desafiantes para el personaje, como lo es hablar en otro idioma, que además es –brillantemente– una lengua creada exclusivamente para la historia.

A pesar de que conceptual y visualmente la narrativa tiene mucho sentido, la historia per se, se pierde fácilmente. La introducción de personajes, aunque interesante, queda debiendo, pues una vez estando dentro de la historia, reconocerlos es complejo y confuso dadas las interacciones entre ellos y el trasfondo tan profundo que la propuesta maneja. Una construcción de historia que es demasiado ambiciosa y dependiente de un contexto que, si bien es proporcionado al público, difícilmente es recordado por el resto del espectáculo; es una saturación de información que inevitablemente se junta con lo audiovisual. Como fue previamente establecido, el ruido visual por sí mismo funciona muy bien. Sin embargo, hay un momento en la historia en el que se cuenta tanto que no se cuenta nada.

Niños chocasangre” cuestiona el mundo real de maneras metafóricas y reflexivas. Esta obra de danza-teatro es única en su especie y es un espectáculo en el que vale la pena sumergirse.

¡No te lo pierdas!

Teatro Varsovia

Varsovia 9, Col. Juárez, Alc. Cuauhtémoc

Horarios

Miércoles, jueves y viernes 20 horas

Sábados 19 horas

Domingos 18 horas

Funciones del 24 de mayo al 11 de junio

Boletos

$240 pesos

Foto de portada: Cortesía La Infinita Compañía